domingo, 8 de julio de 2007

Al arroz con bogavante le sienta bien el Moët

Más de uno ha respirado tranquilo ahora que el Alingui ha ganado la regata y es probable que la Copa America se quede en Valencia. ¡Uff, que alivio! Si todo va bien, volveremos a los cócteles con Moët, a las fiestas glamurosas y al fondo de armario con vestidos de largo. ¡Qué sería de nosotros si nos quitan todas esas fiestas a las que nos hemos acostumbrado! ¡No quiero ni pensarlo!

Es verdad que cuando se anunció que seríamos la sede de Copa América, muchos no intuíamos lo que se venía encima. La primera impresión de que aquí se estaba cociendo algo importante la tuvimos cuando vino Miuccia Prada para la botadura del Luna Rossa. ¡La dueña de Prada en Valencia! Estaba claro que algo iba a cambiar en la patria del Cap i Casal, pero –diantres, siempre hay un pero- pronto con ella llegó también el primer fiasco para más de uno. De alguna manera, Miuccia vino a poner las cosas en su sitio: Valencia era ya la sede de la Copa y eso la convertía en uno de los centros de atención del glamour internacional, pero no todo el monte iba a ser orégano, y más de uno se sintió despechado cuando se acercaba la fecha de la botadura y el cartero no traía la esperada invitación.

Había que empezar a admitirlo: la Copa América era una celebración de pijos internacionales que ora se reunen en Saint Tropez, ora en Nueva York y, mira tú por donde, ahora incluían a Valencia en sus itinerarios. Sólo así se explica que cuando Prada echó la casa por la ventana en su megafiesta del pasado abril, las invitaciones fueran en inglés, que en las bases de los equipos te preguntaran en todos los idiomas menos en castellano y que no nos enterásemos ni de la mitad de fiestas privadas que han organizado los patrocinadores. Esta es una competición de millonarios y todo lo que preparan está pensando para mimar a sus invitados archi-mega-vip, desde el pantalán de los megayates, hasta los barcos de los patrocinadores.

Con la Copa América los valencianos hemos vivido una historia de encuentros y desencuentros. Nosotros, hay que decirlo, no teníamos ni idea de qué iba la Copa América, ni porqué se montaba tanto revuelo por unas regatas. Tampoco entendimos bien por qué, si estamos en Valencia, te recibían en las fiestas con un “buona sera” o un “hello”. Pero una vez nos conocimos mejor (no por las grandes cadenas de televisión españolas, que hay que ver que poca cobertura nos ha dado), tanto unos como otros empezamos a disfrutar. Nosotros, con la competición y la dársena del puerto, tan animada; los suizos, con la ciudad, el clima, el mar y hasta con los valencianos, de quienes dijo Patrizio Bertelli (no confundir con el suizo Bertarelli), esposo de Miuccia Prada, aquello de que “no tenemos tradición marina, ni conocemos ni entendemos de vela…” Menos mal que luego llegó Rita Barberá y le respondió que “Poca afición puede crear un equipo como Luna Rossa entre los valencianos si no invita a nadie a la botadura de su barco”.

En el fondo era un problema de conocimiento mutuo. Como dijo un viejo profesor de mi Universidad –bueno, igual no era tan viejo, pero queda bien la frase-,”Se conoce lo que se ama y se ama lo que se conoce”. Parece de perogrullo, pero tiene mucha miga: Lo que no se conoce, es imposible que se ame. Y, al revés, si algo te gusta, quieres saber cada vez más. Total, que ahora que nos conocemos mejor y hemos empezado a amarnos cual tortolitos en fase flechazo (aunque esto de Copa América tiene más de relación interesada que de amor platónico), toca confiar en que los suizos se queden aquí, ¿dónde van a estar mejor ahora que ellos se han acostumbrado al arroz con bogavante y nosotros al Moët Chandon?