lunes, 9 de enero de 2017

Psicología de las rebajas

La diferencia entre salir de compras e ir de rebajas es la misma que entre ir a un cóctel o a una discoteca en busca de plan para esa noche. En el primer caso vas mona, relajada y dejándote ver. Si se presenta la ocasión bien, y si no también, al fin y al cabo, si vuelves a casa con las manos vacías, no pasa nada. Pero cuando vas guerrera a una discoteca, es otra cosa: volver a casa con las manos vacías te generaría una enorme frustración. Así es que sales de casa ya preparada, concienciada cual tigresa en busca del pan de sus cachorros. Una vez en el campo de batalla, agudizas la vista y el oído. Oteas el horizonte, detectas a tu presa, estudias el entorno, la competencia, sus posibles escapatorias… Y cuando todo eso está controlado: ¡zas!, te echas sobre esos zapatos que has estado vigilando. Sólo quedan un par de tu talla, y ahí hay decenas de mujeres como tú, les miras los pies, muchas deben de calzar tu talla. En cualquier momento, una de ellas se te puede adelantar. Pero no, no lo conseguirá, ahí estás tú dispuesta a lo que sea para no volver a casa con las manos vacías.
Las dependientas, que en las compras de temporada son tus amigas por un rato, las que te asesoran, te preguntan por el trabajo y los niños, te sacan una talla y otra, te acompañan al probador… En rebajas son un elemento más del entorno. Están allí para evitar el caos y asegurarse de que se cumplen las reglas del juego. No esperes de ellas que te ayuden a cazar a tu presa y vayan a buscarte una talla, porque si no la cazas tú, otra lo hará y ellas no son quienes para tomar partido.
Cuando eres joven te gusta la guerra, la discoteca, la ley de la más fuerte. Conforme te haces mayor, te encuentras más a gusto en un cóctel. Sin agobios, si alguien quiere algo, que se lo curre. Que te haga ojitos, se acerque, te traiga una copa de champán y te dé una conversación divertida. Quieres que las dependientas actúen como anfitrionas, que te presenten a ese chico que ha despertado tu interés y que te echen una mano los primeros minutos hasta que decides si te gusta más el bolso rojo o el azul. Cuando sales de la tienda en temporada, es como si hubieses estado en un cóctel. Sales relajada y cuidada, con la sensación de que te han seducido con todos los sentidos. Cuando sales de la tienda en rebajas, sales destrozada, rendida, en busca de una terraza que de reposo a tus destrozados huesos.
El martes pasado, Silvia Escolá y Amparo López invitaron en su tienda Ampasi a uno de esos cócteles que dan sentido a tu monótona vida desde tres días antes. Lo hicieron para presentar la colección de joyas Eva Kay, unos collares, pendientes y pulseras de aire egipcio que combinan piedras semipreciosas, cristal checo y piezas bañadas en oro de lo más estilosos. Todo estuvo de lo más cuidado: los invitados, la comida japonesa del restaurante Komori y los vinos de Javier Monedero, de Dicoval. Allí estuvo la diseñadora de la firma, Eva Caidas, con las anfitrionas, Silvia y Amparo y sus maridos Pablo Serratosa y Germán Ros, y un centenar de invitados, entre ellos el doctor José Miguel Láinez con su mujer Silvia Dionís, Jorge Martí, la joyera Trini Gracia, Patricia Montoro, la galerista Ana Serratosa, Manolo Ríos y Arantxa Vinaixa, Alfredo Montoro y la artista Nanda Botella, Santi Pérez Manglano, Mayrén Beneyto, Carolina de Gregorio, Esther Martín, Makela Forcada, Misuka Corbí, los Gómez Lechón, Mario Mariner, Pablo y David Escolá, María José Ferrer Sansegundo, José Tamarit y Ana Valero, de la mejor tienda de ropa que tiene Valencia, Chapeau. También estuvo Cuchita LLuch, que aunque ahora vive en Madrid con su marido Juan Echanove, en cuanto puede vuelve a Valencia a pasar unos días.

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