martes, 25 de marzo de 2008

Busco una lista

Lo de la Fórmula I promete ser la bomba, la reválida perfecta para que Valencia obtenga el título de ciudad glamurosa. Habrá que ir pensando en qué se pone una para un evento que no deja de tener un toque macarrilla: el de las rubias explosivas con pantalones marcando trasero esculpido a golpe de hambre y mucho gimnasio; tacones de aguja resaltando piernas play-boy; y camiseta ajustadísima que realza lo que ya no cabe debajo de la cremallera de esas camisetas rojas y negras que siempre lucen las jovencitas cañón que acompañan a los pilotos, los mecánicos y todo el paripé de las carreras de coches. ¡Ay, no! Francamente, no veo a mis cuarenta compitiendo con jovencitas veintipocos por llamar la atención de las cámaras o de los cincuentones pastosos que acudan al evento.

Claro que si de lo que se trata es de codearse con Briatore y compañía, antes de preocuparse por el atuendo, habrá que empezar a buscarse la vida para conseguir una entrada en un palco VIP. Y eso no se consigue en ninguna taquilla, no es cuestión de pasta gansa, es cuestión de conseguir un sitio en alguna de las listas que pronto empezarán a llenarse. Lo de las listas funciona de la siguiente manera: determinados personajes de la vida pública valenciana, sobre todo los políticos, tienen su “lista” de invitados a los eventos importantes.

Cualquier conseller que se precie hace su propia lista y los que van en ella entran al evento sin pagar un céntimo. Es una prebenda más de los políticos, que si bien suelen tener sueldos algo exiguos, luego gozan de este tipo de favores: plaza de parking reservada en la puerta de su despacho, entradas a los toros por la jeta y a ser posible en el mismísimo burladero, plaza asegurada en los estrenos de la ópera, en el concierto de los Cure o en cualquier otro evento de realce. Y allí llegan ellos, con sus cochazos oficiales conducidos por chóferes que aparcan impunemente allí donde minutos antes la grúa ha despejado los utilitarios de la plebe currante siempre molesta e impertinente.

En fin, cosas de la política local que evocan tiempos pasados de infausto recuerdo. Pero la vida es así, y quien quiera ver algo más que coches corriendo por una pista, tiene que empezar a moverse por colarse en una lista. “Yo estoy en la lista de tal; yo en la de pascual…”, y ¡alé!, a seguir hinchando el ego del político de turno, que encima tendrá a un montón de amigos eternamente agradecidos por la invitación

Claro que como en todo, hecha la ley hecha la trampa. Siempre hay alguien capaz de burlar la seguridad de los accesos restringuido. Por ejemplo, tengo una amiga especialista en aprovechar los momentos de caos –cuando entra un vip con guardaespaldas, por ejemplo- para entrar sin ser vista. Y otra que enseña una entrada caducada sin que nadie se de cuenta. Hace poco, otra amiga me confesó que había accedido a la zona vip del concierto de los Cure diciéndole al de seguridad que estaba en la lista del conseller fulanito de tal. Con el follón del momento, nadie se molestó en comprobar si su nombre estaba efectivamente en la lista.

Pero si no eres hábil entrando sin invitación (uff, no quiero ni pensar que te pillen), sólo te quedan dos opciones: o te pegas a alguien que si que esté en las listas (lo que no deja de ser cutre) o entras en la lista por méritos propios. Vamos, que si estás, estás como hay que estar, como Marichalar en la Feria de Fallas, en primera fila, y en el balcón del Ayuntamiento, al ladito de Rita Barberá. Total, que de aquí al mes de agosto, ya tengo un objetivo en la vida: quiero un sitio en una lista, me da igual de quién, ¡todo sea por el palco vip!

lunes, 17 de marzo de 2008

El regalo de papá tendrá que esperar

Esto de vivir en una ciudad que cada vez se parece más a Montecarlo tiene su gracia, pero también su desgracia, porque claro, es muy bonito imaginarse la vida en Mónaco de fiesta en fiesta y del casino a la playa de Niza, pero eso te lo imaginas montada en un Ferrari – ¡ay no!, qué horterada - y con un armario de ciento cincuenta metros cuadrados. Nadie se imagina su vida junto a los Grimaldi como secretaria del ayuntamiento o dependienta de una tienda ganando mil euros al mes de los que seiscientos se van con la hipoteca.

Fíjate si Valencia se está poniendo como Montecarlo, que una entrada para la ópera en el Palau de les Arts cuesta 150 euros (y de las normalitas, ¡eh!); la del campeonato de Fórmula 1, entre 300 y 560 euros; el abono de para los toros, otros 600 eurines, por no hablar de las comilonas y las copas. Uff, no sigo porque me deprimo. ¡Qué locura! Eso sin contar el presupuesto para el fondo de armario, que ya se sabe que esto de la vida social es muy exigido y no puedes repetir modelito en una misma temporada. Es fatal eso de que tu amiga te diga: “qué mono el vestidito, ya te lo vi en el último desfile!”. Hija de su madre: si supieses que está con cargo a la visa de aquí seis meses… Habrá que dejar de comprar Prada y pasarse a Mango, que el día 17 de marzo llega a Valencia la colección diez vestidos diseñados por Osman Yousefzada, que dicen en Vogue USA que es un maestro con los little black dress ¡y ninguno pasa de 70 euros!

Y es que por si no fuera bastante con los eventos valencianos, todavía queda lo peor: la temporada de bodas, bautizos y comuniones, ¡uff, qué peligro! Las que rondamos los cuarenta ya tenemos hijas de primera comunión, con la imagen tan tremenda que tengo de las madres de niña de comunión, con el típico traje chaqueta de tweed en tonos pastel y ese pelo corto en plan casco. Menos mal que en mi tienda favorita me han dicho que de traje chaqueta, nada, que ahora la mamá puede ir con su vestidito mono y sus tacones y su melena suelta tal que si fuera veinteañera. ¡Uff, qué alivio! Ya me estaba imaginando con el pelo cardado y los ojos maquillados de verde, como la señora de Valencia de la que hablaba Carmen Rigalt, que tendrá que darse una vuelta por aquí para ver lo monas que vamos ahora, no sé en qué época se ha quedado…

Total, que con tanto glamour estilo Montecarlo y tanto compromiso social, me temo que el regalo del padre va a tener que esperar, o tendrá que ser la típica corbata o gemelos, pero nada de Hermès o Loewe, que para eso no llega. Además, ¡qué porras!, ellos ya están acostumbrados, no sería la primera vez que los sufridos padres ponen cara de sorpresa al abrir un sospechoso paquete alargado. ¡Vaya, vaya, qué corbata tan bonita, y hasta tiene rayas azules y rojas! A mí siempre me asombra que no vayan a cambiar los regalos, igual es que les da pereza ir a la tienda y a las mujeres cualquier excusa nos vale para ir de compras.

Desde luego, a nosotras no nos pasa lo mismo cuando recibimos el perfume o el pañuelo de seda el día de la Madre. ¡Buenas somos! Ese mismo lunes, nos falta tiempo para ir corriendo a cambiarlo por lo que sea, como hizo la Infanta Elena, que me contaron que cambió todos sus regalos de Hermès de estas Navidades por otros cachivaches de equitación, una mantita, una silla de montar… Hizo bien la mujer, siempre es mejor cambiarlos que quedarte con un pañuelo que no te vas a poner en tu vida. Por cierto, la Infanta entregó un premio a Gerardo Camps, por la campaña “Un juguete una ilusión”. Aunque yo sigo pensando que desde que está sin Marichalar (que sí que vino a Valencia a los toros y la mascletá acompañado de Froilan) ya no tiene tanta emoción…

lunes, 10 de marzo de 2008

¡Ay, aquellos años de la alta costura!

Ya se, ya se que las mujeres estamos mejor ahora que hace 50 años, que podemos ser ejecutivas y empresarias de éxito, que no necesitamos la firma de nuestros maridos para sacar dinero del banco y que los hombres ya son capaces de poner en marcha la lavadora y el lavaplatos sin ayuda. Pero, ¡qué envidia de años 50 con esos vestidos de cóctel, tocados y zapatos de salón! ¡Que envidia de fiestas y reuniones de alta sociedad en esos apartamentos neoyorquinos de película de Hitchcock! Y qué envidia poder seducir a los hombres con esos modelos de Dior, de cintura ceñida y metros y metros de falda. Así vestidas, a ver quién era el valiente que se resistía…

A la diseñadora Marta de Diego se le nota que añora esa época, el lujo de los apartamentos parisinos de techos altos, los años dorados de la costura a medida, aquella precisamente anterior al prêt-à-porter, cuando la moda era patrimonio de la alta sociedad, cuando no existían los Zara ni los H&M. Se nota en el taller que acaba de inaugurar en la plaza Porta de la Mar, uno de esos pisos antiguos del siglo XIX con enormes ventanales, un coqueto mirador y decoración típicamente parisina, de maison de alta costura. Es como si retrocedieras en el tiempo a uno de esos elegantes salones del París de los años cincuenta, a los desfiles de Chanel, con todas aquellas clientas ricachonas de la alta sociedad con maridos ricos.

El desfile de Marta de Diego también empezó con un guiño a esa época. Sonaba la música de Nat King Cole y aquel “ansiedad, de tenerte en mis brazos, suspirando palabras de amor…” Con esa declaración de intenciones salió la primera modelo con un minivestido de cóctel precioso, cortito y muy coqueto, al que siguió otro con cuerpo de ganchillo y falda de seda india, y otro de tela blanca con lunares negros, muy Dior, y otro con falda lápiz azul y blusa de gasa blanca, con zapatos de salón y tocado a juego, y otro de un encaje negro delicado sobre una seda gris y así se fueron sucedieron los vestidos con la canción de Joaquín SabinaY nos dieron las diez”, y todo, música y vestidos, hablaban de seducción, de feminidad clásica, de una mujer que llega y atrae todas las miradas. Una mujer de película, como Grace Kelly en Atrapa a un ladrón, una mujer rotunda, que se adelanta a su tiempo pero que no pierde ni la sensualidad ni ese punto sexy que deja entrever una mujer pasional. Nada de medias tintas. Y para cerrar el desfile, la novia, elegante con un vestido en seda moire, esa que forma dibujos parecidos a las vetas de madera. Clásico, salvo en el detalle del escote de la espalda, bien pronunciado.

Las modelos, peinadas por Tono Sanmartín con tocados y moños -comedido para lo que suele hacer-, llevaban un papelito con un número en la mano, como en los desfiles de antes. Marta había entregado a cada clienta una libretita con un pequeño lápiz de carpintero color rojo para que anotasen el número del modelo que les gustase. Toda la noche estuvo llena de detalles muy cuidados: las sillas doradas, la música en directo y, como no, el champagne francés con jamoncito del bueno al finalizar el desfile.

La alta sociedad de aquellos años ha desaparecido, pero afortunadamente no lo ha hecho la alta costura, y además, ya no hace falta ser una ricachona para tener un vestido a medida en el armario, un lujo exquisito y exclusivo. Por cierto, ninguna de aquellas mujeres se hubiera puesto jamás una falda tan acampanada y desproporcionada como la que llevan algunas falleras. Rita Barberá tiene toda la razón.

domingo, 2 de marzo de 2008

Lo de fuera no siempre es lo mejor

Mira que con la Copa América deberíamos estar habituados a las costumbres de afuera. Pues nada. Hay cosas a las que no te adaptas nunca, como tener que pedir un café latte en Starbucks en lugar del cortado de toda la vida y que el camarero no te lo traiga a la mesa o tener que tirar los restos de comida a la basura en Mcdonalds. A los americanos no les importa, ellos son así, van comiendo por la calle, pero aquí nos gusta sentarnos, hablar y que nos traigan el cortadito a la mesa.

Las diferencias entre la cultura anglosajona y la nuestra se ven día sí día también. Sin ir más lejos, este jueves, en la fiesta que organizó el Hotel Hilton, se respiraba el estilo americano en casi todo. Para empezar, dejan poco margen a la improvisación, eso que tanto gusta aquí (aunque algunos nos llamen informales). Por eso, al entrar en el hotel, ya te daban un programa con todo lo que ibas a hacer esa noche: a las 20:00 horas, aperitivo; 21:00, bienvenida; 21:30 degustación de cócteles, cena… y así hasta los fuegos artificiales a las 24:00 horas.

Después de la presentación de Bertín Osborne (mayor aunque muy guapo), a las 21:30 empezó puntualmente la cena. Te daban a elegir tres restaurantes: Bice, Valentia y Azahar. Los que fuimos directamente a Bice, el más pequeño de los tres, cenamos fenomenal, con música de piano en directo, vino Shiraz, y un montón de exquisiteces: fiambres, verduras, quesos, panes italianos. Y lo más importante: la mayoría sentados (cuando el restaurante se llenó, cerraron la entrada).

Pero quienes eligieron cenar en los salones Valentia y Azahar no pudieron sentarse en toda la noche. Es verdad que en las cenas más pitiminí de la Copa América también era así, pero no te acabas de acostumbrar. Y mira que la comida era estupenda: internacional en Valentia (sushi, especialidades indias, de todo lo imaginable) y en Azahar, ostras y marisco a tutiplén, que daba pena ver platos dejados llenos de comida. A pesar de las exquisiteces, la gente llevó muy mal estar de pie toda la noche, con un plato en una mano, la copa de vino en otra, y los cubiertos y la servilleta, ¡no quedan manos! Más de uno andaba buscando una mesa a la desesperada… Y luego está lo de hacer cola para que te sirvan un plato, que aquí también lo llevamos fatal, nos cuesta respetar el orden y nos pegamos al de delante con impaciencia.

¿Más cosas que chocan? Después de cenar, el Hotel te invitaba a un cóctel en el Ice Bar en el sótano del edificio. Se llama Ice bar precisamente porque la barra central del bar es toda de hielo, muy bonito, pero la mayoría subimos corriendo a por los abrigos del frío que hacía. El Ice bar tampoco gustó demasiado. La gente decía: ¿para qué quieres una barra de hielo como si estuvieras en Noruega, cuando lo bueno de Valencia son las terracitas y el clima templado?

Y las habitaciones, pues lo mismo, perfectamente equipadas y funcionales, ideales para hombres de negocio. A la suite presidencial del piso 28, subías con un ascensor panorámico de esos que ves la ciudad en pequeñito. A estas alturas de la noche, más de una tenía los pies tan destrozados que daban ganas de lanzar los Louboutin y sus doce centímetros de tacón por la ventana de la suite presidencial. Pero lo mejor de la noche fue que al salir de la suite presidencial se escuchaba un follón tremendo en una de los pasillos. ¿Qué pasa aquí? –Entra, venga, que regalan bonos para un circuito en el spa del hotel. Ale, todos corriendo, que es oír la palabra regalo y nos ponemos como locos. Seguro que los americanos, en la misma situación, guardarían fila en silencio. Ellos son así ¡y nosotros somos así!

domingo, 24 de febrero de 2008

Quiero unos Louboutin

Qué cruel es esto de la moda. Si hace apenas unos años, llevar unos manolos era lo más de lo más, por algo los coleccionaba la Preysler, pues en pocos años los manolos se han quedado más anticuados que una canción de los Pecos. Lo que mola ahora es calzar unos taconazos de doce centímetros de Christian Louboutin (pronúnciese Lobutén y no confundir con Lobatón, por favor), un pedazo de zapatos que se reconocen por su suela esmaltada en rojo.

Lo siento por Marichalar, gran amigo (y socio por parte de hermana) de Manolo Blahnik. Los manolos ya no los quieren ni regalados. Todas las actrices de Hollywood se mueren por unos Louboutin. Por cierto, que Marichalar -¡Cómo se le echa de menos!- estuvo en Valencia esta semana, con Mayren Beneyto. El sí entiende de zapatos exquisitos y sabe llevar un traje como nadie, con sus pulseritas hippies y sus pashminas, sin perder la seriedad, pero con un toque de humor. ¡Vuelve a la corte, Marichalar, por favor!

El modelo más famoso de Chistian Louboutin es el peep-toe destalonado con tacón de 12 centímetros, un clásico que deja los deditos de los pies al descubierto con su inconfundible suela roja, of course. Precio: 520 euros, pero para qué hablar de dinero cuando puedes convertirte en la mujer más estilizada, sexy y elegante de la fiesta gracias al tacón interminable y puntiagudo de tus Louboutin. Vamos, un regalo. Encima dicen que son comodísimos, porque tienen una pequeña cuña que compensa el taconazo y las pieles son suaves, ¡una obra de arte en tus pies!

Esta temporada, Chapeau se ha traído los Louboutin a Valencia. Les han dedicado un escaparate enterito y sólo enseñan un par, como si fueran joyas en edición limitada. No es para menos. Según el diseñador francés, su intención era hacer una joya de zapatos, porque son como una extensión de la mujer. Sea por su diseño o por eso de que las mujeres nos copiamos unas a otra, todas las famosas llevan Louboutin. Fíjense en las suelas y verán como abunda el rojo. Por supuesto, Victoria Beckham los tiene en todos los colores y alturas, no podía ser menos.

Los Louboutin han llegado en un momento perfecto para completar los modelitos de la próxima temporada. El crudo invierno toca su fin y empieza la fiesta, las fallas y las citas en la agenda, ¡bien! La más inmediata: la inauguración del Hotel Hilton, ese tan moderno junto al Palacio de Congresos de Norman Foster. Será el jueves 28 y la cita promete. Manuel Ávila, el director del hotel, me ha contado lo que preparan y tiene muy buena pinta: primero, aperitivo de bienvenida, carnes a la brasa en el restaurante Azahar, especialidades italianas en el BICE, buffets en el Salón Valentia, todo con música en directo, guitarra española y jazz, cócteles en el Podium Bar y a las 12 espectáculo pirotécnico. En cada restaurante –dice Ávila- queremos ofrecer lo mejor de nuestra gastronomía, un espectáculo culinario. ¡Adiós a la dieta!

El Hilton ha invitado a 600 o 700 personas, todo Valencia, vamos. Aunque el hotel ya estaba abierto desde mayo del año pasado, han esperado hasta que estuviera funcionando el restaurante BICE, un italiano cuyo nombre viene de Beatrice, la señora que abrió una famosa trattoria en Milán allá por los años veinte. Ahora BICE es una famosa franquicia con restaurantes en NY, Miami, Madrid (en la calle Génova, cerca de la sede del PP) y en Valencia ¡faltaría más! El día de la inauguración, todas las habitaciones estarán abiertas para que los invitados puedan cotillear a gusto. Entra en mi casa, toma fuerzas, descansa y embriágate de mi brisa cálida y única”, dice la invitación. Vale, acepto, a preparar el modelito…

domingo, 17 de febrero de 2008

Cambio pasarela aburrida por desfile coquetón

Presen Rodríguez ha llamado a su última colección Palazio y como no podía ser menos la presentó en un Palacio, en el del Marqués de Campo, ya saben ese Museo de la Ciudad que visitan los turistas, bueno al menos yo no conozco a ningún valenciano que haya echado allí una tarde; y les aseguro que vale la pena aunque sólo sea por ver los salones, los estucos barrocos y las pinturas. Y es que los ricos siempre han vivido de puturrú de fua. Bueno pero a lo que iba; mientras diseñadores buenos, medio buenos y malos se matan a codazos para desfilar en un Pasarela, tipo Cibeles, otros saben montárselo por su cuenta y desmarcarse por la banda.

Presen preparó todo para su desfile en uno de los salones alargados del palacio donde antaño debió celebrarse alguna puesta de largo de las hijas de la marquesa de Campo. Invitados, pocos, apenas salían tres filas de asientos en cada lado. La diseñadora sacó una primera serie de vestidos en raso con colores flúor (totalmente de moda), muy de los años 50 y 60, para después seguir con otra de minivestidos de cóctel en negro. Lo del minivestido es genial: sienta bien a casi todas, le quita seriedad a los tejidos de fiesta y encima rejuvenece. Como excepción, se vio algún vestido en rojo en tul plisado. Estampados, pocos. Según Presen, “he llevado los volúmenes a la cintura y he dado protagonismo a los cuellos halter y escotes palabra de honor. El largo de las prendas o corto por encima de la rodilla o largo absoluto”. Parecía que estuvieras en una de esas casas francesas de alta costura en los años cincuenta, con esos vestidos de cóctel.

Tras el desfile, una copa de champagne en el patio y un poco de cotilleo, que nunca está de más. Junto a Presen, estaban todos sus hijos: Isabel Cosme, con uno de los vestidos de cóctel negro; su hermana, con un abriguito dorado y José Cosme, un artista multidisciplinar (y muy dandi, todo hay que decirlo), que tan pronto escribe un artículo sobre moda, que una tesis doctoral sobre un sesudo tema teológico, como expone en una galería del Soho de Nueva York. Ahora mismo expone en la Galería Oruga Azul, en la calle Sorní, pero él mismo reconoce que su trabajo es conceptual y difícil de entender.

El mismo día del desfile de Presen, Francis Montesinos presentó su colección en Madrid. No estuvo mal, aunque las críticas fueron crueles, no sólo con Francis, sino con la mayoría de los que desfilaron en Cibeles. Cojo una de las frases al azar, la de la periodista de Yo Dona Sara Sáez: “más horas de pasarela, más diseñadores que no aportan nada, más famosos de quinta regional, más politiqueo…” ¡qué fuerte! Vamos, como en la de Valencia, sólo que aquí nos hartamos de decir que tenemos la mejor pasarela del mundo mundial. En Cibeles también desfiló Hannibal Laguna, no sorprendió con nada nuevo, pero hizo lo que sabe hacer, muy buena fiesta, lo que buscan sus clientas. Luxoir, los más jóvenes, arriesgaron y no se si fueron comprendidos, pero están en edad de eso, de arriesgar y provocar, no de hacer uniformes para azafatas.

martes, 12 de febrero de 2008

Antes 48 que diábolo

No, no, no y mil veces no. Me niego a pedir una talla diábolo en mi tienda favorita. ¡que cosa tan poco glamurosa, por favor, qué vulgaridad! ¿Quién ha sido el listo? Será muy científico eso de clasificar a las mujeres según su esqueleto, pero de ahí a que tengamos que pedir un Prada talla campana, diábolo o cilindro, uff, sólo de pensarlo, qué manera de estropear el momento divino de comprar un vestido. Antes prefiero pedir una 48 ¡o una XL!

Que hay mujeres con tipo pera y otras con tipo manzana, eso ya lo sabíamos todas desde niñas. Para eso no hacía falta tomar medidas a 10.000 mujeres, entre ellas yo, que fui conejillo de indias en un reportaje de mi periódico, con foto en ropa interior incluida ¡uff, que horror! Entonces pensé que todo había sido por una buena causa. Gracias al estudio, se acabarían los problemas de las tallas; las gorditas no tendrían que ir a las tallas grandes y nunca más necesitarías una talla distinta de pantalón y de chaqueta.

Me temo que con este nuevo invento, lejos de arreglarlo, lo que van a conseguir es montar un lío tremendo. Como dijo David Delfín, tres tallajes diferentes para cada modelo es de locos. A ver quién es el fabricante que se lanza a hacer vestidos talla cilindro en una 44, 42 y 40; el mismo en campana en todas las tallas y así con todas las combinaciones posibles. Vamos, que las tiendas deberían tener hasta treinta patrones distintos de cada prenda. Me imagino a las pobres dependientas de Zara desmelenadas corriendo de un lado a otro de la tienda tratando de poner un poco de orden en el caos.

Además, el invento del Ministro Bernat Soria no acabará con el problema, porque aunque tu talla española fuera una 42 campana (¡qué espanto!), al comprar ropa italiana seguirías pidiendo una 44, equivalente a una 8 americana, una 40 francesa, una 12 inglesa y una 38 alemana. Vamos, que el gozo del Ministerio de Salud en un pozo. Que yo sepa, las mujeres españolas no compran sólo ropa española. Y no me veo a los directivos de H&M cambiando los tallajes por seguir el ejemplo.

¡Pero si no se ponen de acuerdo ni los diseñadores! Estos días, han preguntado a los de Cibeles, que empieza mañana, y la mayoría ponía cara de póquer a la propuesta del Ministerio. Normal. Ya es difícil competir con los chinos, como para que se saquen de la manga las tallas campana y cilindro ¡una barbaridad! Por cierto, en esta edición de Cibeles desfilan dos valencianos: Montesinos y Luxoir, una pareja prometedora, me encantan sus suéteres ingleses para chico. Ojalá que les vaya muy bien.

Desde luego, en esta época no sales de un desfile para meterte en otro. Dos de los diseñadores valencianos que no estuvieron en la Semana de la Moda –todavía no entiendo porqué- han montado un desfile por su cuenta: Presen Rodríguez el martes en el Palacio del Marqués de Campo (lo cuento en mi nuevo blog) y Enrique Lodares el miércoles en el Teatro Olympia. Si los dos quedaron fuera por no ser pret-a-porter, otros se auto excluyeron por no estar de acuerdo con el rumbo que había tomado la antigua Pasarela del Carmen.

Parte del grupito de disidentes desfiló el viernes en el Festival Llavoretes, a la cabeza Antonio Moreno, de la Cantante Calva, una pena no verlo en los desfiles oficiales. Según el diseñador, «antes de quedarnos esperando a que nos inviten a un acontecimiento, debemos generar nuestros propios espacios; y eso es Llavoretes, un híbrido creativo surgido de gérmenes valencianos». Además de Moreno, desfilaron Jaime Piquer, Siglo Cero, Yono Taola, Carola Falgas, Nona, Tonuca, Mónica Lavandera, Ebp y Not trousers presentaron su colección.

domingo, 3 de febrero de 2008

Arros esclatat


La vida es dura con quien anda escaso de talento y a veces por más empeño que pongamos en algo, nunca obtendremos ni la mitad de gloria que el genio vago y haragán, pero genio al fin y al cabo. Por ejemplo, a todos nos ha pasado entrar en un restaurante en el que todo es perfecto: bien decorado, limpio, el ambiente acogedor, los camareros amables y eficaces, el vino perfecto, los entrantes bien servidos… Pero llega la paella y… ¡ñas coca! el arroz está pasado, soso y con ese despreciable tufillo a quemado. El pollo se ha quedado crudo y la verdura congelada se ha hecho deprisa y mal…. Nuestro gozo en un pozo, el cocinero acaba de echar al traste el trabajo de todos los demás y será difícil, muy difícil que hablemos bien de ese restaurante.

Pues algo así le ocurre a la Semana de la Moda de Valencia. Todo es perfecto: la organización, el marketing, el lugar elegido, el ambiente, la gestión con los medios de comunicación que se deshacen en halagos… Pero falla lo importante, falla el arroz, falla la pasarela. No hay talento y me duele decirlo, lo juro por mi bolso de Prada, pero hay que decirlo: allí arriba falta talento, falta alguien que te emocione, falta que de una puñetera vez venga alguien y haga un arroz que cuando lo pruebes te quedes sin habla, algo de desprendimiento de retina, que dice una amiga.

No lo hay, no lo ha habido y quizás no lo haya porque esta terreta nuestra no va a ser más fértil en talentos que cualquier otra. Y genios de la moda, como de la literatura o de la pintura, salen media docena cada siglo y no más. Y nosotros con Montesinos tenemos el cupo cubierto hasta de aquí veinte o treinta años. Quizás el error sea crear pasarelas tan locales, porque claro, si a mi me da por montar la Semana de la Moda de Benifaió, pues me puedo ir al siglo veintiséis sin ver nada digno de mención.

Andalucía tiene a Victorio y Lucchino, Galicia a Pernas, los catalanes a Custo, Santander a Schlesser, Madrid a Jesús del Pozo y nosotros a Montesinos. Si todos desfilasen juntos, la pasarela sería eso: “la leche”. Pero si cada uno se empeñase en desfilar en el rellano de su piso, acompañado por sus vecinos de rellano, su pasarela sería eso, “una castaña pilonga”. Valencia, como ya lo hizo Galicia, puede crear marca, pero no va a crear tendencia. Pero, ¡por favor!, si ya es difícil que cree tendencia un país, adónde vamos nosotros. Si queremos crear marca, adelante, eso sí que se puede hacer porque depende más de un tejido empresarial y comercial, que del talento de los diseñadores. Pero eso no se hace con una pasarela, eso se hace contratando a los lumbreras del IESE y a los gurús del marketing.

En fin, que este año la Semana de la Moda de Valencia ha sido más de lo mismo: sólo David Delfín y Hannibal Laguna, que de valencianos tienen lo que Schwarzenegger de torrentino, han llamado la atención. Claro que lo que sacaron aquí ya lo sacaron hace cinco meses en Madrid, con lo cual la sorpresa era más bien poca. Por demás, todo fenomenal: las modelos, el aforo, la feria; famosos pocos, perdón, ninguno; sólo gente de aquí: Rita Barberá, Carmen Alborch, y Belén Juste, tan mona como siempre y debidamente peloteada. Cabe la esperanza de que ella, que algo debe saber de moda más que su antecesor, se dé cuenta de que las cosas se están haciendo con muy buena voluntad, pero con escasos resultados.

Bueno chicas, os dejo, que acabo de estrenar un blog y estoy super-mega-emocionadísima. Como dice mi hija es un mole que te pasas; cuento cosas de lo más triviales y tiene la ventaja de cualquiera puede entrar y ponerme a caer de un burro, incluso los organizadores de la Semana de la Moda de Valencia.